VELOCIDAD EN LA BATERÍA: CONSEJOS, REFLEXIONES Y SUGERENCIAS. 2º PARTE

VELOCIDAD VS MUSICALIDAD

Cualquier subestilo de música extrema (black, death, thrash, y sus correspondientes hibridaciones) tiene unas características específicas, siendo la velocidad la más común en todos ellos. Es decir, un disco de death metal “estándar” se mueve dentro de unos márgenes de tempo concretos para adaptarse a los cánones del género, pudiendo decir sin temor a equivocarnos que dentro del death todo empieza a partir de los 200 BPM.

Eso significa que la velocidad actuará como hilo conductor de la música que queramos transmitir. Se llama música extrema porque se toca de una forma extrema, pero al fin y al cabo sigue siendo música. Si no, tal vez se denominaría “ruido extremo”.

Por tanto, deberíamos pararnos a considerar la velocidad como medio, como herramienta para construir, y no como un fin intrínseco. Es muy común escuchar a músicos del género comentar que solo les importa la velocidad, y el resto es algo situado en un plano secundario. Sin embargo, yo pienso que es absurdo, porque de nada sirve correr mucho si no tenemos claro hacia donde nos dirigimos. Para que entendáis mejor a qué me refiero, os contaré una pequeña anécdota:

Hace unos años fui a tocar a un festival de música extrema en Alemania, en un cartel compuesto por grandes bandas del gremio. Tuve la suerte de poder estar allí todo el fin de semana, así que como tocaba el segundo día, el primero pude dedicarme a disfrutar de la música y el ambiente. Tomé posición en una de las gradas, a la sombra, con la intención de observar y aprender todo lo que pudiera.

Apareció la primera banda, comandada por un batería muy rápido. Buena técnica, buena pegada, tempo estable… no hay duda de que cumplía a la perfección el que parecía, a priori, su objetivo. No obstante, la gente no se movía… no como se suelen mover todos en un festival de este tipo.

Salió a escena la segunda banda, y con ella un nuevo batería. La situación, a decir verdad, no cambió mucho. Temas muy rápidos, muy buena técnica, precisión y solidez, pero la gente seguía parada. Parecían incluso aburridos, a pesar del despliegue sonoro que tenían justo delante.

Después vinieron dos bandas más, y empecé a entender qué estaba pasando allí. Había presenciado la labor de cuatro bateristas que, pese a dominar con soltura y solvencia todos los fundamentos de la batería extrema, tocaban exactamente igual. Podrían haberse intercambiado de banda y nadie lo hubiera notado. Realmente, al cabo de un rato, era fácil anticiparse a sus movimientos; en qué punto iban a hacer el break, la duración del mismo, e incluso la forma y estructura de las canciones. Parecía que habían prestado más atención a concentrarse en ganar velocidad, que al hecho de qué hacer con esa velocidad y de qué forma utilizarla.

En último lugar apareció una quinta banda, y nada más empezar su actuación, supe que esta vez estábamos ante algo muy distinto. El baterista que llevaban estaba un par de peldaños por debajo que los anteriores en lo referente a velocidad, pero eso poco importaba. Tenía una manera propia y original de conectar las frases, un vocabulario de manos amplísimo (se notaba que había estudiado rudimentos) y sabía cómo crear tensión para luego resolverla. Transmitía una sensación parecida a estar en una montaña rusa. La gente se volvió loca, empezaron a saltar y a disfrutar, y en ese instante me di cuenta de que aquel baterista había accionado la palanca correcta. El público, tan demandante de la velocidad en la inmensa mayoría de ocasiones, al fin estaba escuchando un enfoque basado prioritariamente en la música. Estoy seguro de que muy pocos se pararon a considerar el hecho de que tocaban a tempos ligeramente inferiores que las bandas predecesoras.

Aquel día tenía la intención de aprender muchas cosas viendo de cerca a grandes maestros, y lo que descubrí fue una de las más importantes lecciones de toda mi carrera musical: la velocidad y la técnica, por sí solas, aburren al público. Hace falta algo más. Así que desde entonces siempre trato de enseñar a mis alumnos que la velocidad no tiene valor si no sirve para expresar una idea en un contexto musical. Hay que hacerse las preguntas correctas, ¿Podemos mover a la gente?, Tenemos la técnica y nos movemos por el kit a la velocidad del sonido, pero… ¿Estamos haciendo música?

 

PERCEPCIÓN DE LA VELOCIDAD  ¿ES IGUAL PARA TODOS?

Hay que remarcar el hecho de que, para tocar rápido con más personas, tenemos que entender qué es la velocidad, la forma en que la percibimos, y si todos los que pertenecemos a la banda tenemos el mismo concepto. Aunque pueda parecer una obviedad absoluta, he podido comprobar en varias ocasiones que es un error de base que puede afectar de manera muy negativa un proceso compositivo, al no tener todos la misma percepción de lo que estamos trabajando. Trataré de explicar la idea, de nuevo, con un ejemplo basado en una situación real.

En una ocasión, me encontraba inmiscuido en la composición de un disco con una banda de metal extremo. Ensayando uno de los temas más rápidos, recuerdo que me equivoqué en un cambio de estrofa a estribillo, paramos para volver a empezar y uno de ellos me comentó que repitiéramos el “ritmo lento”. Me sorprendió bastante que denominaran lento un patrón que llevaba un doble bombo constante a semicorcheas a 240 BPM la negra, y que en un solo minuto sumaba la nada desdeñable cifra de 960 golpes con los pies.

Con una incipiente curiosidad, les pregunté qué era lo que tenía de lenta aquella parte, y la respuesta fue “la caja, va despacio”. Se trataba de un patrón bastante estándar en el que el doble bombo era continuado y la caja caía en el segundo y cuarto tiempo del compás.

Aproveché uno de los descansos posteriores para hacer unas pequeñas pruebas, consistentes en tocar distintos patrones y que me dijeran si los percibían lentos o rápidos, pidiéndoles que exteriorizaran con palmadas el pulso que sentían. Había partes en las que cada uno daba una palmada en un sitio distinto, pero todos tenían tendencia en aplaudir en los golpes de caja. El experimento culminó cuando comprobé que el mismo patrón, al mismo tempo, con los mismos golpes y exactas duraciones, era entendido como lento si el pulso se orquestaba en un plato, pero lo sentían rapidísimo si bajaba esa misma mano a la caja.

En los días siguientes, repetí ese mismo tanteo con varios alumnos y amigos aficionados a la música extrema, con resultados prácticamente idénticos a los obtenidos en aquel ensayo. La conclusión a la que llegué fue una de las más importantes y más reveladoras de mi vida como músico: que la inmensa mayoría de gente no percibe la velocidad como algo relacionado con el pulso, sino que lo asocian con un factor puramente tímbrico, siendo la caja el elemento fundamental del set y principal transmisor de la velocidad.

En resumidas cuentas, para casi todo el mundo, lo que va a determinar si algo es lento o rápido no es el tempo, el relleno, el pulso o la intensidad, sino en qué parte del patrón está situada la caja. Os animo que hagáis el mismo experimento con el resto de integrantes de vuestras bandas, puesto que descubrir el modo en que perciben, sienten y entienden la velocidad es un hecho primordial para que el objetivo común de componer música rápida vaya en la misma dirección.

Nos vemos en el siguiente artículo, en el que hablaremos de uno de los problemas más comunes, la quema de etapas, así como de las funciones, beneficios y mitos del uso del metrónomo. ¡Hasta pronto!